Bereshit 47:28 – 50:25
Haftarah: I Melakhim / I Reyes 2:1–12
En esta semana estudiamos la perashá “WAYEḤÍ”, “Y vivió”.
Y es una ironía sagrada: la porción que se llama “vida” es precisamente la que narra el final de Ya‘aqob Avinu y el final de Yosef HaTzadik. La Torá parece decirnos desde el título que la verdadera vida no se mide por años, sino por lo que queda vivo después de nosotros: la fe, la identidad y la misión que plantamos en nuestros hijos y discípulos.
La perashá abre con Ya‘aqob preparando su despedida. Pide a Yosef un juramento: que no lo entierren en Egipto, sino en Me‘arat HaMajpelá, junto a Avraham, Yitzḥaq y sus esposas. No es un detalle funerario: es una declaración de pertenencia. Ya‘aqob está enseñando que incluso si la familia vive en galut, sus raíces no cambian. El exilio puede ser circunstancia; nunca debe convertirse en identidad. Ya‘aqob baja a Egipto por necesidad, pero se niega a “pertenecer” a Egipto por definición.
Luego ocurre uno de los momentos más delicados de toda la Torá: Ya‘aqob bendice a los hijos de Yosef, Efrayim y Menashé, y cruza sus manos. Yosef intenta corregirlo: “No así, padre… el mayor es Menashé”. Pero Ya‘aqob insiste: “Lo sé, hijo mío, lo sé”. Aquí se revela una enseñanza poderosa: Ya‘aqob no bendice por protocolos, sino por potencial espiritual. No siempre el “primero” es el llamado a liderar; a veces quien parece menor posee una luz que el futuro necesita. La bendición auténtica no es repetir esquemas; es ver con claridad.
Después de esto, Ya‘aqob llama a sus doce hijos y pronuncia palabras que son a la vez bendición, profecía y corrección. No todos reciben palabras suaves. Porque un padre verdadero no solo consuela: forma. La Torá nos muestra que la transmisión no es sentimentalismo: es verdad con amor. Ya‘aqob no quiere una familia “bonita”; quiere una familia capaz de cargar el pacto. En ese momento, no está creando recuerdos: está creando continuidad.
Y entonces Ya‘aqob muere… pero la porción insiste: “y vivió”.
¿Por qué? Porque Ya‘aqob no termina en su último aliento. Vive en los hijos que ahora entienden mejor su responsabilidad; vive en la dirección que dejó; vive en la identidad que afirmó incluso dentro de Egipto. Hay personas que mueren jóvenes y dejan eternidad, y otras que viven muchos años y dejan silencio. Ya‘aqob pertenece a los primeros.
Tras el entierro, reaparece una tensión: los hermanos temen que Yosef ahora se vengue. Es como si el pecado antiguo volviera a respirar. Pero Yosef responde con una frase que define a un justo:
“Ustedes pensaron mal contra mí, pero Hashem lo pensó para bien.”
Yosef no minimiza el mal; lo supera. No dice “no pasó nada”, sino: “pasó… pero no me gobernará”. Esa es una forma alta de teshuvá también: no solo cambiar, sino romper la cadena que convierte el dolor en crueldad.
Y con esto llegamos al final del libro: Yosef muere, pero deja una promesa. Hace jurar a sus hermanos que, cuando Hashem los redima, llevarán sus huesos. Yosef, el hombre que dominó Egipto, no pide monumentos, ni palacios, ni honor. Pide pertenecer al futuro de Israel. Nos enseña que el verdadero poder no es subir en el exilio; es no olvidar a dónde vamos.
La Haftarah refuerza exactamente esta idea. David HaMelej, en su despedida, no habla como un sentimental: habla como un rey responsable. Da instrucciones a Shelomó sobre fidelidad al pacto, justicia y el peso del liderazgo. Es el mismo mensaje de Ya‘aqob: cuando un líder se va, lo más importante no es lo que deja en la mano… sino lo que deja en la conciencia.
Así entendemos el mensaje central de WAYEḤÍ:
Hay una vida que depende del cuerpo… y hay una vida que depende del legado.
Y cuando la Torá llama a esta parashá “Y vivió”, nos está preguntando a cada uno:
¿Qué parte de ti seguirá viviendo en los demás?
Que esta perashá nos inspire a vivir con dirección, a bendecir con verdad, a corregir con amor, y a construir una vida que no termine en Egipto —ni en ningún exilio— sino que camine hacia la promesa. Y que merezcamos ver cómo el legado de nuestros padres se transforma en una redención completa, pronto y en nuestros días. Amén.
Rabbi Netanel Gil